Cosecha en la luna muerta

COSECHA EN LA LUNA MUERTA
OMAR MONTERROSA OROZCO

“La Tierra olvidó enviarme una respuesta.
La Luna, en cambio, me dio su silencio.”
—Bitácora de Lys D’Alen

I. El polvo
La Luna Muerta no giraba.
No reflejaba.
No cantaba.
Estaba allí, suspendida en la órbita del planeta Xirón-9 como un tumor silente. Sin atmósfera. Sin vida. Sin historia. O eso creyeron.
La llamaban Arka-Nera en los informes de prospección minera. Pero para Lys D’Alen, era simplemente “la última cosa que miraré antes de dormir”.
Había sido asignada sola. Protocolo de aislamiento total: 380 ciclos terrestres. Recogía muestras. Las catalogaba. Las almacenaba en cápsulas estériles. Y hablaba con su diario de a bordo como si fuera un hijo que no tuvo tiempo de parir.
Un día, cavando en el sector 19Δ, su pala encontró resistencia.
No piedra.
No metal.
No hielo.
Sino hueso.
Hueso en una luna sin historia.

II. El hallazgo
Era una estructura ósea incompleta. Curvada, con vértebras delgadas y una cavidad ocular tan honda que podía esconder una estrella. No correspondía a ninguna forma de vida registrada en los catálogos interplanetarios.
No estaba fosilizada.
Estaba reciente.
Demasiado.
Esa noche, la cúpula de observación parpadeó. Como si alguien hubiese encendido un cigarro en la nada.
Y las plantas que cultivaba en el módulo β (unas vainas rojas, fotosintéticas) amanecieron marchitas. No secas. Podridas.
Lys informó a la estación base.
Silencio.
Envió otra transmisión.
Silencio.
Al día siguiente, la palabra NO apareció escrita con sus propias muestras de polvo sobre el vidrio de su casco. Desde adentro.

III. El pulso
La Luna comenzó a emitir un pulso.
No electromagnético.
No sónico.
Orgánico.
Cada 33 minutos, una vibración leve recorría el suelo, como si algo bajo la superficie respirara lento, muy lento.
Y el hueso que había extraído se había desintegrado. O más bien, marchado por su cuenta. Porque lo encontró en el módulo de descanso, goteando una sustancia color violeta sobre su almohada.
—¿Quién eres? —susurró al vacío.
—¿Quién eras tú antes de llamarme “nada”? —respondió algo dentro de ella.

IV. La simbiosis
En su último informe, escrito a mano, Lys anotó:
  “La Luna no está muerta. Finge.”
Las cápsulas de almacenamiento comenzaron a hincharse. No con gas, sino con tejido. Como si la propia cosecha hubiera absorbido conciencia.
Al ciclo 378, Lys ya no hablaba. Solo escuchaba. Su rostro se alargó. Sus pupilas giraban hacia los lados. Su lengua se volvió negra.
Pero no sentía miedo. Solo pertenencia.
Cuando los equipos de rescate llegaron (mucho después de lo planeado), encontraron el módulo desmantelado, pero pulcro. Sin rastro de violencia. Solo un mensaje tallado en la roca, escrito con una mezcla de sangre humana y materia lunar:
“COSECHA COMPLETA.
SOMOS UNO.”
Y el hueso original, reconstruido, descansando en la cúpula. Con una segunda cavidad ocular. Human

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